Argentina. La ciudad donde las salas teatrales brotan hasta debajo de las baldosas
Teatro independiente en Buenos Aires.
Hay más que en el circuito off Broadway y siguen apareciendo otras cada día. Los espacios exiguos para pocos espectadores y las producciones de bajo costo permiten sostener estéticas que van a contrapelo del mercado.
La actividad teatral es uno de los fenómenos más llamativos de la movida cultural porteña, que no amengua ni en tiempos de crisis. Tan variada y rica es la producción, que a veces queda opacada para los nativos y los reconocimientos llegan desde otros países. Pero sin duda, lo que más sorprende es que toda la fuerza creadora y la innovación surgen de los llamados “sótanos”, aunque ya casi no sean sótanos sino salas, pasillos, casas, patios y rincones devenidos teatros.
Nueva York, una de las ciudades más grandes del mundo, reúne la cartelera teatral más variada e impactante. Broadway, y sobre todo el off, se destacan por su diversidad y férrea pulsión. Pero, curiosamente, Buenos Aires tiene más salas alternativas que la propia capital cultural del mundo.
Este fenómeno –nada nuevo, por cierto– terminó de explotar en los últimos años. Proteatro, un organismo que depende del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tiene registradas poco más de 200 salas, de las cuales, al menos 150 pertenecen al llamado “circuito independiente”. El resto lo constituyen las llamadas salas comerciales (por ejemplo, el Broadway, el Luna Park o el Maipo). Si a este fenómeno se le suman las 14 salas oficiales (algunas dependen del Complejo Teatral de Buenos Aires) se puede ver claramente por qué desde la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales caracterizan el fenómeno como “estallido cultural”. Esta estadística, sin embargo, no se cierra aquí. Hay muchas salas que no están integradas a estos circuitos, además de centros culturales barriales o salas informales que ofrecen también su buena dosis de teatro, con lo que las cifras se hacen aun más sorprendentes.
Para el investigador y crítico Jorge Dubatti, este fenómeno “surge de la necesidad de expresión, más allá de las producciones comerciales y oficiales”, en lo que interpreta como una continuidad de las prácticas del teatro independiente. Dubatti cree que esto “ratifica la función del teatro como espacio de construcción de subjetividades alternativas; es decir, del auge del teatro como acontecimiento micropolítico”.
Estos espacios, en muchos casos, son minúsculos. La Maravillosa, en Medrano al 1300, tiene capacidad para 30 espectadores, lo mismo que Orfeo, dos ambientes convertidos en sala en Luis M. Campo 1375. En el pasaje El Maestro está Ritualarte, que tiene capacidad para 40 asistentes, lo mismo que una de las dos salas de Anfitrión, en la calle Venezuela, o El Teatro de Flores, en Rivera Indarte 129. Una decena de salas tiene asientos para unas 50 personas, y luego se ubica el resto, cuyas capacidades crecen hasta los 200 espectadores, como La Máscara (Piedras 736) y Arlequino, en la calle Adolfo Alsina.
Para Liliana Weimer, directora artística de Abasto Social Club, el fenómeno del crecimiento coincidió con la crisis económica del país. “Hay mucha producción teatral, sobre todo alternativa, producciones de bajo costo, y pocos espacios donde mostrar. Esto llevó a muchos directores y grupos a autogestionarse. Así nacieron muchas salas.”
Dubatti lo explica de la siguiente manera: “Son espacios de fuga del mercado, más allá de que requieren un sostén económico cada vez más tirano y demandante. Además, la dimensión de estas salas de cámara implica una estética, una poética, al margen de cualquier captura institucional.” El investigador coincide con Weimer en que estos espacios son los laboratorios de la investigación teatral de Buenos Aires. “En estas ‘salitas’ acontece lo mejor del teatro”, insiste Dubatti. Weimer cree que un hecho no menos importante es la irrupción de gestores culturales que se animaron a la experiencia de regentear salas, como su caso y el de su socia, Valeria Casielles.
El fenómeno de la proliferación de estos espacios fue y es sostenido parcialmente por dos organismos culturales oficiales. A escala nacional, el Instituto del Teatro (INT) otorga subsidios para el mantenimiento, equipamiento y alquiler de los lugares y, desde ya, para las producciones. Otro tanto ocurre con Proteatro, que depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los subsidios se calculan en función de la capacidad de la sala y de la programación que ofrece.
Ricardo Migueles, de Liberarte, dice que con la subvención que recibe de ambos organismos cubre entre un 30 y un 40% de los gastos de mantenimiento de sus dos salas, en plena Avenida Corrientes al 1500. “Claro que ayuda, pero yo dependo de la boletería.”
Si bien sostiene que el año en curso no ha sido brillante, comparado con el parate producido en 2008 –luego del conflicto del campo– y el año pasado, con la epidemia de gripe que alejó a la gente de los lugares cerrados, este año puede decirse que es “muy satisfactorio.”
Para Migueles, experimentado actor y director, el fenómeno se explica por la pujanza y creatividad de los teatristas. “Lo nuevo nace aquí. En estas salas alternativas tienen posibilidades de mostrar los resultados con todas las libertades estéticas e ideológicas.” Dubatti coincide en que los productos de estos espacios “encarnan la renovación, acompañan la emergencia de lo nuevo, aunque –aclara– en el presente lo nuevo se ha relativizado, la novedad es un acontecimiento paradójico”. Weimer menciona la palabra “vanguardia”, como sinónimo de estas creaciones. Dubatti cree que el término “es inadecuado. Lo nuevo ha dejado de ser una poética de choque o sorpresa, de contraposición, para constituirse en una variación de las combinatorias fundamentales ya conocidas”, dice remitiendo al pensamiento del semiólogo ruso Jurij Lotman. “Por eso –agrega– muchas veces lo nuevo parece reapropiación de lo viejo, de lo tradicional, de las estructuras más convencionales.”
El tercero en discordia es el público. Y así como Buenos Aires supera a NY en cantidad de salas, se está muy por debajo de otras ciudades en cuanto a la concurrencia. Un espectáculo que se mantenga dos o tres meses en cartel (a razón de una función por semana), con un promedio de entre 40 y 60 espectadores por función, se puede considerar exitoso. Por lo tanto, estos espectáculos reúnen poco más de mil concurrentes por temporada (en el mejor de los casos, lo pueden duplicar), lo que sin duda suena exiguo. “Yo creo que hay un circuito de espectadores muy inteligentes, informados e interesados. Pero son pocos”, dice Migueles
Un agente de prensa que se mueve entre sótanos y altillos estima que hay unos 5000 espectadores que se distribuyen entre todos los espectáculos de los circuitos off. Para Weimer “hay mucha gente de clase media que está eligiendo el teatro en detrimento del cine”, pero estima, además, que “cada sala genera su propia corriente, y la gente suele hacerse habitué porque identifica una estética que es afín a sus gustos”.
Otro hecho que llama la atención es la distribución geográfica de las salas, que han dejado “el centro” para desperdigarse por gran parte de la Ciudad de Buenos Aires. Al tradicional circuito (San Nicolás), que reúne la mayor cantidad de espacios teatrales (sobre Av. Corrientes hay más de diez salas independientes en no más de diez cuadras; a las que se suman unas 15 más entre comerciales y oficiales), se sumaron en los últimos años salas en Recoleta, San Telmo, Villa Crespo, Balvanera, Retiro, Monserrat, La Boca y Flores. Palermo ya lleva varios años sosteniendo salas importantes (sólo en Palermo Hollywood y Soho hay más de 20), y entre otras, sobresalen el Sportivo Teatral o el Camarín de las Musas, pisando la zona del Abasto, otro sector de gran crecimiento. Las salas no incluidas en los listados oficiales son las que no gestionan subsidios, porque prefieren mantener una independencia de contratación y de cartelera. Por ejemplo, las salas subvencionadas deben rendir cuenta periódicamente de la tarea que realizan, los contratos con los grupos se establecen en general por dos meses, y deben concederles el 70% de la recaudación a los artistas. Hay salas que no acuerdan con estos arreglos, y también, por cierto, hay decenas de salas que funcionan sin la habilitación correspondiente. Esto condiciona, desde ya, sus posibilidades de acceder a subsidios. Lo curioso es que muchos de los espectáculos que se ofrecen casi no tienen difusión en los medios. Los grupos, directores y actores se disputan, casi siempre sin éxito, los escasos centímetros que brinda la prensa de espectáculo. Sin embargo, a pesar de no contar con el favor de la crítica (la mayor de las veces, porque se los ignora) algunos llegan a la condición de fenómeno. En los últimos años surgieron, de estos circuitos, espectáculos que pasearon su originalidad por Europa. Esto, claro está, constituye un espaldarazo para la actividad local. Claudio Tolcachir, autor y director de La omisión de la familia Coleman, tras una gira europea que lo llevó durante 2008 y 2009 por Europa y los Estados Unidos, convirtió su pequeño espacio, Timbre 4 (en Av. Boedo 640) en una cita obligada para espectadores de paladar negro. Ahora sumó un “anexo” en México 3554. Pero la máquina de imaginar no se detiene. En lo que va del año, se confirmaron ciertos talentos y aparecieron nuevas expresiones. Dubatti, que recorre a diario este circuito, cree que, si bien hay mucho para destacar, no debería dejarse de señalar El tiempo todo entero, de Romina Paula (en el Espacio Callejón), Absentha, de Alejandro Acobino (en el Teatro del Abasto), Es inevitable, de Diego Casado Rubio (en La Carbonera), Tríptico, de Nicolás Barsoff y Francisco Grassi, en el Sportivo Teatral, y Rosa mística, de Ignacio Apolo, en Beckett Teatro.
• Nerio Tello | Tiempo Argentino | 2010-08-29
Nueva York, una de las ciudades más grandes del mundo, reúne la cartelera teatral más variada e impactante. Broadway, y sobre todo el off, se destacan por su diversidad y férrea pulsión. Pero, curiosamente, Buenos Aires tiene más salas alternativas que la propia capital cultural del mundo.
Este fenómeno –nada nuevo, por cierto– terminó de explotar en los últimos años. Proteatro, un organismo que depende del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tiene registradas poco más de 200 salas, de las cuales, al menos 150 pertenecen al llamado “circuito independiente”. El resto lo constituyen las llamadas salas comerciales (por ejemplo, el Broadway, el Luna Park o el Maipo). Si a este fenómeno se le suman las 14 salas oficiales (algunas dependen del Complejo Teatral de Buenos Aires) se puede ver claramente por qué desde la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales caracterizan el fenómeno como “estallido cultural”. Esta estadística, sin embargo, no se cierra aquí. Hay muchas salas que no están integradas a estos circuitos, además de centros culturales barriales o salas informales que ofrecen también su buena dosis de teatro, con lo que las cifras se hacen aun más sorprendentes.
Para el investigador y crítico Jorge Dubatti, este fenómeno “surge de la necesidad de expresión, más allá de las producciones comerciales y oficiales”, en lo que interpreta como una continuidad de las prácticas del teatro independiente. Dubatti cree que esto “ratifica la función del teatro como espacio de construcción de subjetividades alternativas; es decir, del auge del teatro como acontecimiento micropolítico”.
Estos espacios, en muchos casos, son minúsculos. La Maravillosa, en Medrano al 1300, tiene capacidad para 30 espectadores, lo mismo que Orfeo, dos ambientes convertidos en sala en Luis M. Campo 1375. En el pasaje El Maestro está Ritualarte, que tiene capacidad para 40 asistentes, lo mismo que una de las dos salas de Anfitrión, en la calle Venezuela, o El Teatro de Flores, en Rivera Indarte 129. Una decena de salas tiene asientos para unas 50 personas, y luego se ubica el resto, cuyas capacidades crecen hasta los 200 espectadores, como La Máscara (Piedras 736) y Arlequino, en la calle Adolfo Alsina.
Para Liliana Weimer, directora artística de Abasto Social Club, el fenómeno del crecimiento coincidió con la crisis económica del país. “Hay mucha producción teatral, sobre todo alternativa, producciones de bajo costo, y pocos espacios donde mostrar. Esto llevó a muchos directores y grupos a autogestionarse. Así nacieron muchas salas.”
Dubatti lo explica de la siguiente manera: “Son espacios de fuga del mercado, más allá de que requieren un sostén económico cada vez más tirano y demandante. Además, la dimensión de estas salas de cámara implica una estética, una poética, al margen de cualquier captura institucional.” El investigador coincide con Weimer en que estos espacios son los laboratorios de la investigación teatral de Buenos Aires. “En estas ‘salitas’ acontece lo mejor del teatro”, insiste Dubatti. Weimer cree que un hecho no menos importante es la irrupción de gestores culturales que se animaron a la experiencia de regentear salas, como su caso y el de su socia, Valeria Casielles.
El fenómeno de la proliferación de estos espacios fue y es sostenido parcialmente por dos organismos culturales oficiales. A escala nacional, el Instituto del Teatro (INT) otorga subsidios para el mantenimiento, equipamiento y alquiler de los lugares y, desde ya, para las producciones. Otro tanto ocurre con Proteatro, que depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los subsidios se calculan en función de la capacidad de la sala y de la programación que ofrece.
Ricardo Migueles, de Liberarte, dice que con la subvención que recibe de ambos organismos cubre entre un 30 y un 40% de los gastos de mantenimiento de sus dos salas, en plena Avenida Corrientes al 1500. “Claro que ayuda, pero yo dependo de la boletería.”
Si bien sostiene que el año en curso no ha sido brillante, comparado con el parate producido en 2008 –luego del conflicto del campo– y el año pasado, con la epidemia de gripe que alejó a la gente de los lugares cerrados, este año puede decirse que es “muy satisfactorio.”
Para Migueles, experimentado actor y director, el fenómeno se explica por la pujanza y creatividad de los teatristas. “Lo nuevo nace aquí. En estas salas alternativas tienen posibilidades de mostrar los resultados con todas las libertades estéticas e ideológicas.” Dubatti coincide en que los productos de estos espacios “encarnan la renovación, acompañan la emergencia de lo nuevo, aunque –aclara– en el presente lo nuevo se ha relativizado, la novedad es un acontecimiento paradójico”. Weimer menciona la palabra “vanguardia”, como sinónimo de estas creaciones. Dubatti cree que el término “es inadecuado. Lo nuevo ha dejado de ser una poética de choque o sorpresa, de contraposición, para constituirse en una variación de las combinatorias fundamentales ya conocidas”, dice remitiendo al pensamiento del semiólogo ruso Jurij Lotman. “Por eso –agrega– muchas veces lo nuevo parece reapropiación de lo viejo, de lo tradicional, de las estructuras más convencionales.”
El tercero en discordia es el público. Y así como Buenos Aires supera a NY en cantidad de salas, se está muy por debajo de otras ciudades en cuanto a la concurrencia. Un espectáculo que se mantenga dos o tres meses en cartel (a razón de una función por semana), con un promedio de entre 40 y 60 espectadores por función, se puede considerar exitoso. Por lo tanto, estos espectáculos reúnen poco más de mil concurrentes por temporada (en el mejor de los casos, lo pueden duplicar), lo que sin duda suena exiguo. “Yo creo que hay un circuito de espectadores muy inteligentes, informados e interesados. Pero son pocos”, dice Migueles
Un agente de prensa que se mueve entre sótanos y altillos estima que hay unos 5000 espectadores que se distribuyen entre todos los espectáculos de los circuitos off. Para Weimer “hay mucha gente de clase media que está eligiendo el teatro en detrimento del cine”, pero estima, además, que “cada sala genera su propia corriente, y la gente suele hacerse habitué porque identifica una estética que es afín a sus gustos”.
Otro hecho que llama la atención es la distribución geográfica de las salas, que han dejado “el centro” para desperdigarse por gran parte de la Ciudad de Buenos Aires. Al tradicional circuito (San Nicolás), que reúne la mayor cantidad de espacios teatrales (sobre Av. Corrientes hay más de diez salas independientes en no más de diez cuadras; a las que se suman unas 15 más entre comerciales y oficiales), se sumaron en los últimos años salas en Recoleta, San Telmo, Villa Crespo, Balvanera, Retiro, Monserrat, La Boca y Flores. Palermo ya lleva varios años sosteniendo salas importantes (sólo en Palermo Hollywood y Soho hay más de 20), y entre otras, sobresalen el Sportivo Teatral o el Camarín de las Musas, pisando la zona del Abasto, otro sector de gran crecimiento. Las salas no incluidas en los listados oficiales son las que no gestionan subsidios, porque prefieren mantener una independencia de contratación y de cartelera. Por ejemplo, las salas subvencionadas deben rendir cuenta periódicamente de la tarea que realizan, los contratos con los grupos se establecen en general por dos meses, y deben concederles el 70% de la recaudación a los artistas. Hay salas que no acuerdan con estos arreglos, y también, por cierto, hay decenas de salas que funcionan sin la habilitación correspondiente. Esto condiciona, desde ya, sus posibilidades de acceder a subsidios. Lo curioso es que muchos de los espectáculos que se ofrecen casi no tienen difusión en los medios. Los grupos, directores y actores se disputan, casi siempre sin éxito, los escasos centímetros que brinda la prensa de espectáculo. Sin embargo, a pesar de no contar con el favor de la crítica (la mayor de las veces, porque se los ignora) algunos llegan a la condición de fenómeno. En los últimos años surgieron, de estos circuitos, espectáculos que pasearon su originalidad por Europa. Esto, claro está, constituye un espaldarazo para la actividad local. Claudio Tolcachir, autor y director de La omisión de la familia Coleman, tras una gira europea que lo llevó durante 2008 y 2009 por Europa y los Estados Unidos, convirtió su pequeño espacio, Timbre 4 (en Av. Boedo 640) en una cita obligada para espectadores de paladar negro. Ahora sumó un “anexo” en México 3554. Pero la máquina de imaginar no se detiene. En lo que va del año, se confirmaron ciertos talentos y aparecieron nuevas expresiones. Dubatti, que recorre a diario este circuito, cree que, si bien hay mucho para destacar, no debería dejarse de señalar El tiempo todo entero, de Romina Paula (en el Espacio Callejón), Absentha, de Alejandro Acobino (en el Teatro del Abasto), Es inevitable, de Diego Casado Rubio (en La Carbonera), Tríptico, de Nicolás Barsoff y Francisco Grassi, en el Sportivo Teatral, y Rosa mística, de Ignacio Apolo, en Beckett Teatro.
