Teatro en el mundo. por pablo Gorlero
Nota de pablo Gorlero, redactor de Espectáculos de La Nación, a Javier Harguindeguy, director de Romperlanzas Compañía teatral (España).
http://www.lanacion.com.ar/1362424-teatro-en-el-mundo

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Hugo Midón: Los chicos perdieron a un maestro
Estrenó su primera obra “La vuelta manzana” en 1970, y trazó una ruta de calidad artística distinta. Fue el hacedor de muchas piezas que entrarán en la historia. Murió ayer de un tumor que padecía desde hace dos años. Un grande.
No hay flores para chicos y flores para adultos; las flores son flores para todos”: esa frase, escuchada de boca de su maestro Ariel Bufano, marcó el rumbo de su carrera, la del autor, actor y director que a fuerza de tomarse en serio el teatro para chicos, hoy merece ser despedido como un grande. Muerto ayer, a los 67 años, en su departamento del barrio porteño de Palermo, donde está siendo velado hasta hoy, cuando a las 14, sea enterrado en el cementerio de la Chacarita, Hugo Midón revolucionó los espectáculos para niños en la Argentina. Fue maestro de varias generaciones de actores. Tanto, que el año pasado se crearon los premio Hugo a la comedia musical, bautizados así en su honor.
Egresado del Instituto de Teatro de la Universidad de Buenos Aires, en 1967 debutó como actor en Los caprichos del invierno , una obra para chicos de Ariel Bufano, y desde entonces no dejó de respetar a pie juntillas las enseñanzas de su referente. Cuando se le pedía que sintetizara ese aprendizaje, Midón hablaba de la necesidad de que el artista respetara al público infantil: “Vestuario, escenografía y trabajo actoral deben estar cuidados”, advertía. Y agregaba que el teatro para niños “es un género en sí mismo, y no un escalón hacia el teatro para adultos; hay que hacerlo seriamente”.
Con esa idea como brújula, en 1970 puso en escena su primera obra, La vuelta manzana . El resultado fue óptimo: la pieza permaneció en cartel durante diez temporadas consecutivas. Y desde aquel promisorio debut, Midón no paró. Sus obras se convirtieron en verdaderos clásicos. Entre otras, cabe mencionar El imaginario , Vivitos y coleando (I, II yIII), La trup sin fin , Derechos torcidos , LocosRecuerdos , Stan y Oliver , El salpicón , Popeye , Objetos maravillosos , Narices , El gato con botas y Huesito Caracú .
Hugo Midón tenía tal respeto por sus pequeños espectadores que después de él ya no hay espacio para los improvisados convencidos de que una historia más o menos edulcoradas, un par de trapos de colores y unas cuantas melodías pegadizas alcanzan para conformar una obra de teatro para chicos.
En la línea de María Elena Walsh, fallecida en enero último, Midón apostó a los espectáculos aptos para “público heterogéneo”. Creía que de una misma propuesta pueden disfrutar niños de distintas edades y también sus familiares adultos, cada uno según su propia lectura de lo que ocurre en escena. A la hora realizar sus obras, echaba mano de una serie de convicciones: que hay cosas que permanecen (los chicos junto al mar, decía, con los mismos baldecitos y las mismas palitas, haciendo los mismos castillos) y que, en consecuencia, los niños siempre seguirán disfrutando de los espectáculos bien hechos, de esos que logran atraerlos al punto de hacerles olvidar el paquete de caramelos que compraron al entrar a la sala.
Apasionado por el trabajo actoral, en 1982 creó el centro de formación teatral Río Plateado, y allí trabajó como director y docente hasta el momento en que la enfermedad se lo permitió. En 2009, un tumor comenzó a complicarle la salud, pero él le hizo frente con el arma que mejor manejaba, la que había utilizado siempre: la prepotencia de trabajo. A fines de ese año, cuando su obra Playa Bonita obtuvo el premio Clarín Espectáculos en la categoría Mejor Obra Infantil, Midón ya no pudo ir a recibirlo. Su hijo Julián, lo hizo en su lugar, y destacó que la distinción “ es una alegría enorme para él, sobre todo con este espectáculo que hizo con un elenco tan joven. Al proyecto se integró gente que viene formándose con él desde muy chiquitos, en su escuela Río Plateado. Por eso, estoy seguro, este premio tiene para él una carga emocional muy grande”.
Playa Bonita fue la última obra de Midón. Se diría que el destino le había preparado una despedida placentera de la escena teatral, ya que, según había contado en su momento, la obra “surgió de mis últimas idas a Brasil, de un enamoramiento de la playa como lugar de observación de situaciones; allí, te cruzás con gente y escuchás un pedacito de una conversación y seguís, entonces empezás a imaginar cómo terminaría esa conversación”.
Midón percibía a la playa como un sitio de libertad, y se lamentaba por los miedos urbanos: “Veo a los chicos y a los padres llenos de miedo de andar por la calle, ya no miedo de que los chicos jueguen en la calle, sino de transitarla”, se lamentaba. Justo él que había sido dotado con el sentido de lo lúdico a tal punto que atrevió a proponer lo que todavía suena como un proyecto revolucionario: “Para mí, una idea fantástica sería que una vez por semana los chicos pudieran ir disfrazados a la escuela. ¿Por qué no, si eso dejaría instalada la creatividad y el juego?”, sostuvo. Y agregó que “ un docente que pierde la capacidad lúdica es como un papá que pierde su interés por sus hijos”.
Con la muerte de Hugo Midón, los chicos se han quedado sin el gran maestro. Pero sus obras siguen vivas. Y con ellas, los valores que siempre defendió: la solidaridad, el compromiso con el prójimo, la alegría, la decisión de vivir la vida como una fiesta, plena de asombro, y siempre, compartida, porque no admitía el goce egoísta.
Su mamá solía explicarle que en este mundo, siempre habrá ricos y pobres. No logró convencerlo. “Algo de cierto hay en lo que decía mi mamá -admitía ya adulto, y abuelo-, pero igual sigo apostando a un mundo con igualdad de oportunidades para todos. ¿Que eso es más un deseo que una realidad? Puede ser, pero estoy convencido de que el deseo es lo que mueve a las personas”. En ese punto, solía citar al escritor italiano Gianni Rodari, quien afirmaba que “si no tuviéramos esperanza, no iríamos al dentista”. “Ese pensamiento es genial -se entusiasmaba Midón-, porque lo que te mueve es la esperanza de que efectivamente habrán de mejorar si cada uno aporta un granito de arena”.
Adriana Schettini. Clarín. 26 de marzo de 2011
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La actividad teatral es uno de los fenómenos más llamativos de la movida cultural porteña, que no amengua ni en tiempos de crisis. Tan variada y rica es la producción, que a veces queda opacada para los nativos y los reconocimientos llegan desde otros países. Pero sin duda, lo que más sorprende es que toda la fuerza creadora y la innovación surgen de los llamados “sótanos”, aunque ya casi no sean sótanos sino salas, pasillos, casas, patios y rincones devenidos teatros.
Nueva York, una de las ciudades más grandes del mundo, reúne la cartelera teatral más variada e impactante. Broadway, y sobre todo el off, se destacan por su diversidad y férrea pulsión. Pero, curiosamente, Buenos Aires tiene más salas alternativas que la propia capital cultural del mundo.
Este fenómeno –nada nuevo, por cierto– terminó de explotar en los últimos años. Proteatro, un organismo que depende del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, tiene registradas poco más de 200 salas, de las cuales, al menos 150 pertenecen al llamado “circuito independiente”. El resto lo constituyen las llamadas salas comerciales (por ejemplo, el Broadway, el Luna Park o el Maipo). Si a este fenómeno se le suman las 14 salas oficiales (algunas dependen del Complejo Teatral de Buenos Aires) se puede ver claramente por qué desde la Asociación Argentina de Empresarios Teatrales caracterizan el fenómeno como “estallido cultural”. Esta estadística, sin embargo, no se cierra aquí. Hay muchas salas que no están integradas a estos circuitos, además de centros culturales barriales o salas informales que ofrecen también su buena dosis de teatro, con lo que las cifras se hacen aun más sorprendentes.
Para el investigador y crítico Jorge Dubatti, este fenómeno “surge de la necesidad de expresión, más allá de las producciones comerciales y oficiales”, en lo que interpreta como una continuidad de las prácticas del teatro independiente. Dubatti cree que esto “ratifica la función del teatro como espacio de construcción de subjetividades alternativas; es decir, del auge del teatro como acontecimiento micropolítico”.
Estos espacios, en muchos casos, son minúsculos. La Maravillosa, en Medrano al 1300, tiene capacidad para 30 espectadores, lo mismo que Orfeo, dos ambientes convertidos en sala en Luis M. Campo 1375. En el pasaje El Maestro está Ritualarte, que tiene capacidad para 40 asistentes, lo mismo que una de las dos salas de Anfitrión, en la calle Venezuela, o El Teatro de Flores, en Rivera Indarte 129. Una decena de salas tiene asientos para unas 50 personas, y luego se ubica el resto, cuyas capacidades crecen hasta los 200 espectadores, como La Máscara (Piedras 736) y Arlequino, en la calle Adolfo Alsina.
Para Liliana Weimer, directora artística de Abasto Social Club, el fenómeno del crecimiento coincidió con la crisis económica del país. “Hay mucha producción teatral, sobre todo alternativa, producciones de bajo costo, y pocos espacios donde mostrar. Esto llevó a muchos directores y grupos a autogestionarse. Así nacieron muchas salas.”
Dubatti lo explica de la siguiente manera: “Son espacios de fuga del mercado, más allá de que requieren un sostén económico cada vez más tirano y demandante. Además, la dimensión de estas salas de cámara implica una estética, una poética, al margen de cualquier captura institucional.” El investigador coincide con Weimer en que estos espacios son los laboratorios de la investigación teatral de Buenos Aires. “En estas ‘salitas’ acontece lo mejor del teatro”, insiste Dubatti. Weimer cree que un hecho no menos importante es la irrupción de gestores culturales que se animaron a la experiencia de regentear salas, como su caso y el de su socia, Valeria Casielles.
El fenómeno de la proliferación de estos espacios fue y es sostenido parcialmente por dos organismos culturales oficiales. A escala nacional, el Instituto del Teatro (INT) otorga subsidios para el mantenimiento, equipamiento y alquiler de los lugares y, desde ya, para las producciones. Otro tanto ocurre con Proteatro, que depende del Ministerio de Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Los subsidios se calculan en función de la capacidad de la sala y de la programación que ofrece.
Ricardo Migueles, de Liberarte, dice que con la subvención que recibe de ambos organismos cubre entre un 30 y un 40% de los gastos de mantenimiento de sus dos salas, en plena Avenida Corrientes al 1500. “Claro que ayuda, pero yo dependo de la boletería.”
Si bien sostiene que el año en curso no ha sido brillante, comparado con el parate producido en 2008 –luego del conflicto del campo– y el año pasado, con la epidemia de gripe que alejó a la gente de los lugares cerrados, este año puede decirse que es “muy satisfactorio.”
Para Migueles, experimentado actor y director, el fenómeno se explica por la pujanza y creatividad de los teatristas. “Lo nuevo nace aquí. En estas salas alternativas tienen posibilidades de mostrar los resultados con todas las libertades estéticas e ideológicas.” Dubatti coincide en que los productos de estos espacios “encarnan la renovación, acompañan la emergencia de lo nuevo, aunque –aclara– en el presente lo nuevo se ha relativizado, la novedad es un acontecimiento paradójico”. Weimer menciona la palabra “vanguardia”, como sinónimo de estas creaciones. Dubatti cree que el término “es inadecuado. Lo nuevo ha dejado de ser una poética de choque o sorpresa, de contraposición, para constituirse en una variación de las combinatorias fundamentales ya conocidas”, dice remitiendo al pensamiento del semiólogo ruso Jurij Lotman. “Por eso –agrega– muchas veces lo nuevo parece reapropiación de lo viejo, de lo tradicional, de las estructuras más convencionales.”
El tercero en discordia es el público. Y así como Buenos Aires supera a NY en cantidad de salas, se está muy por debajo de otras ciudades en cuanto a la concurrencia. Un espectáculo que se mantenga dos o tres meses en cartel (a razón de una función por semana), con un promedio de entre 40 y 60 espectadores por función, se puede considerar exitoso. Por lo tanto, estos espectáculos reúnen poco más de mil concurrentes por temporada (en el mejor de los casos, lo pueden duplicar), lo que sin duda suena exiguo. “Yo creo que hay un circuito de espectadores muy inteligentes, informados e interesados. Pero son pocos”, dice Migueles
Un agente de prensa que se mueve entre sótanos y altillos estima que hay unos 5000 espectadores que se distribuyen entre todos los espectáculos de los circuitos off. Para Weimer “hay mucha gente de clase media que está eligiendo el teatro en detrimento del cine”, pero estima, además, que “cada sala genera su propia corriente, y la gente suele hacerse habitué porque identifica una estética que es afín a sus gustos”.
Otro hecho que llama la atención es la distribución geográfica de las salas, que han dejado “el centro” para desperdigarse por gran parte de la Ciudad de Buenos Aires. Al tradicional circuito (San Nicolás), que reúne la mayor cantidad de espacios teatrales (sobre Av. Corrientes hay más de diez salas independientes en no más de diez cuadras; a las que se suman unas 15 más entre comerciales y oficiales), se sumaron en los últimos años salas en Recoleta, San Telmo, Villa Crespo, Balvanera, Retiro, Monserrat, La Boca y Flores. Palermo ya lleva varios años sosteniendo salas importantes (sólo en Palermo Hollywood y Soho hay más de 20), y entre otras, sobresalen el Sportivo Teatral o el Camarín de las Musas, pisando la zona del Abasto, otro sector de gran crecimiento. Las salas no incluidas en los listados oficiales son las que no gestionan subsidios, porque prefieren mantener una independencia de contratación y de cartelera. Por ejemplo, las salas subvencionadas deben rendir cuenta periódicamente de la tarea que realizan, los contratos con los grupos se establecen en general por dos meses, y deben concederles el 70% de la recaudación a los artistas. Hay salas que no acuerdan con estos arreglos, y también, por cierto, hay decenas de salas que funcionan sin la habilitación correspondiente. Esto condiciona, desde ya, sus posibilidades de acceder a subsidios. Lo curioso es que muchos de los espectáculos que se ofrecen casi no tienen difusión en los medios. Los grupos, directores y actores se disputan, casi siempre sin éxito, los escasos centímetros que brinda la prensa de espectáculo. Sin embargo, a pesar de no contar con el favor de la crítica (la mayor de las veces, porque se los ignora) algunos llegan a la condición de fenómeno. En los últimos años surgieron, de estos circuitos, espectáculos que pasearon su originalidad por Europa. Esto, claro está, constituye un espaldarazo para la actividad local. Claudio Tolcachir, autor y director de La omisión de la familia Coleman, tras una gira europea que lo llevó durante 2008 y 2009 por Europa y los Estados Unidos, convirtió su pequeño espacio, Timbre 4 (en Av. Boedo 640) en una cita obligada para espectadores de paladar negro. Ahora sumó un “anexo” en México 3554. Pero la máquina de imaginar no se detiene. En lo que va del año, se confirmaron ciertos talentos y aparecieron nuevas expresiones. Dubatti, que recorre a diario este circuito, cree que, si bien hay mucho para destacar, no debería dejarse de señalar El tiempo todo entero, de Romina Paula (en el Espacio Callejón), Absentha, de Alejandro Acobino (en el Teatro del Abasto), Es inevitable, de Diego Casado Rubio (en La Carbonera), Tríptico, de Nicolás Barsoff y Francisco Grassi, en el Sportivo Teatral, y Rosa mística, de Ignacio Apolo, en Beckett Teatro.
• Nerio Tello | Tiempo Argentino | 2010-08-29